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¿Me representan las entregas de premios de videojuegos?

No soy muy devoto de ninguna entrega de premios, ni celebraciones, ni nada que represente el criterio de unos pocos. ¿Realmente las entregas de premio nos representan?

A veces intento ponerme en el lugar de aquellos que trabajan full time como periodistas de videojuegos. Pero no me refiero al sector indie, donde un grupo de amigos o desconocidos escriben un par de líneas todos los días por amor al arte. Me refiero al periodismo bajo bandera, a ese que tiene compromisos para hacer reseñas, a ese que debe cumplir tiempo y objetivos. Por si no sabían, la gran mayoría de los que trabajan reseñando videojuegos por trabajo, no llegan a su casa y siguen jugando como autómatas desesperados.

Más videojuegos de los que se pueden jugar

Entonces, pienso “pobre… estuvo todo el año jugando, en su mayor parte, a los juegos mainstream, a esos títulos que su editor le dijo que debía jugar“. Y sí, seguramente ésta persona estuvo probando otros videojuegos… pero la mayor parte del tiempo la invirtió en esos juegos que juegan todos, en los juegos que son tendencia. En esos videojuegos que venden, que responden a un centenar de noticias previas a su lanzamiento que lo hicieron ser el juego más esperando de la semana, por ejemplo.

El apocalípsis

Imaginen un mundo horrible donde solo podamos ver las películas que se premian en los Oscar, y la cantidad de joyas independientes o que no fueron nominadas no existan. ¿Se dan una idea de lo terrible que sería? Ahora llévenlo al mundo de los videojuegos. Imaginen un mundo donde solo existan los juegos nominados en esos premios que se hacen entre unos pocos. Y sí, todos estarán diciendo “¡muchos de los nominados les elije la gente!”. Y sí, es verdad. El problema es que la gente, en masa, se comporta como un solo ser pensante, y siempre terminan nominando a los juegos más vendidos, los de mayor producción. Y aparece alguna que otra joyita, ese destello de luz entre tanta oscuridad. Pero es solo un reflejo.

Todo es cuestión de números

Este año tuve la suerte de haber jugado más de 70 juegos de cero a cien. Completos. No soy de platinar, sacar todas las cromos que hay, ni querer develar los 15 finales que tiene cada maldito juego que encaro. De esos 70 juegos, y vamos a redondear, la mitad son de este año. De esos 35 titulos… ¿saben cuántos estuvieron nominados en los distintos premios que se fueron haciendo en estas semanas? Dos o tres, como mucho. Y no, no soy un hipster que vive en pose de anarquista tecnológico que vive en contra del sistema. ¡Soy parte de este sistema, sino no estaría escribiendo estas columnas! El lugar donde apunto con este texto creo que queda claro: ninguna entrega de premios me representa, al menos a mí.

A veces es solo pensar en cifras. ¿Cuántos tienen la suerte de tener una PlayStation 4 para probar los títulos más recientes? ¿Cuántos poseen una computadora lo suficientemente poderosa para correr los últimos juegos? No importa la cifra, lo que importa es que, de entrada, esas preguntas sectorizan. Dejan afuera a un montón de consumidores que claramente no van a ser parte de una terna donde, por ejemplo, se encuentre God of War 4, Detroit: Become Human y Red Dead Redemption 2. Esa gente queda excluida, y automáticamente, esa entrega de premios deja de representar al mundo gamer.

¿Qué nos entretiene?

¿Qué hace que un videojuego sea mejor para cada uno? Hay muchos factores, de algunos de ellos estuvimos hablando hace tiempo atrás en esta nota, pero podemos decir que sobre gustos no hay nada escrito, ¿verdad? Para mí, en mi experiencia, en mi propio mundo, uno de los mejores títulos que jugué este año se llama Unavowed. ¿Lo conocían? Seguramente no, o quizás sí. De lo que estoy seguro es que no estuvo ni en la sombra de ser parte de las ternas de alguna entrega de premios grande. ¿Por qué? Simple: no es un juego grande, que venda, que levante polvo en su cabalgar. Hay gente que vota por juegos que ni siquiera jugó, solo por haber visto un tráiler o porque en algún momento jugó a alguno de sus precursores.

Este tipo de premios, a mi entender, son lucesitas de colores. Grandes empresas como sponsors, escenarios colmados de celebridades, tráiler de nuevos juegos que van a ocupar las taquillas el año que viene. Y todos secan sus lágrimas de la emoción cuando un juego indie gana algo… claro, ¿cómo no vamos a ser parte de la escena indie? Ahí, el juego tiene su premio bien merecido, aunque no deja de ser parte de una pose piramidal donde hay que darle unas palmaditas en la espalda al pobre desarrollo indie. Y esa palmadita queda opacada por más lucesitas, y de pronto sale una banda, toca algún tema conocido, y las grandes bestias de la industria vuelven a tomar lugar.

No me siento parte

¿Hay lugar para nosotros? ¿Hay alguna terna donde realmente se valore el juego per se y no las lucesitas de colores que trae en su envoltorio? No encontré aun ese lugar, y lo vengo buscando hace años. Me resulta injusto que luego de haber probado, durante años y años, tantos títulos hermosos, realmente emotivos, hechos por el mero amor al arte, se siga apuntando con el dedo a los grandes juegos, a aquellos que cuestan 60 dólares, a esos que te venden con publicidad caótica y descontrolada. Y sí… todos entendemos. Nadie vive del aire ni de las buenas reseñas, todos necesitan ingresos para vivir y pagar sus impuestos.

Pero tampoco estoy hablando de dejar de lado a esos juegos. God of War 4 es increíble, de lo mejor, por lejos, que vi este año a nivel acción. Detroit: Become Human me parece una maravilla narrativa, visualmente asombroso, son juegos que me he tenido el placer de probarlos en casas de diferentes amigos y me han hecho pensar seriamente el endeudarme para comprarme una PlayStation 4. Eso lo entiendo y no lo discuto. Solo digo que ahí afuera hay miles de títulos que quedan encapotados, escondidos en lo más profundo del olvido por tantas luces de colores que surcan el cielo.

Por eso las entregas de premios no me representan. Porque tienen los juegos que me gustan, pero no tienen todos los que deberían tener.

Escrito por

Redactor. Cinéfilo. Game Designer. Dibujo sin ser ilustrador y hago música sin ser músico. El terror ante todas las cosas. Aprendí a querer más a los animales que a las personas. Mi BFF se llama Leono.

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